Miguel Núñez • 20 octubre, 2016
Predicar el evangelio es una responsabilidad sagrada, pero conlleva una exigencia inseparable: vivir conforme a lo que se proclama. Esta es la tensión que plantea la tesis número 40 para la iglesia latinoamericana de hoy. No basta con que las palabras sean correctas si el testimonio las contradice. Cuando hay una brecha visible entre lo que el predicador dice desde el púlpito y lo que vive en el mundo, las ovejas lo notan, y esa contradicción le roba fuerza y convicción a la Palabra predicada.
El apóstol Pablo entendía esto profundamente. Por eso se esmeraba en cuidar su testimonio no solo delante de Dios, sino también delante de los hombres. En 2 Corintios 1:12, Pablo ancla su satisfacción no en el aplauso de los demás, sino en el testimonio de su propia conciencia: que se había conducido en el mundo con santidad y sinceridad, no por sabiduría carnal, sino por la gracia de Dios. Era una preocupación santa, nacida de la convicción de que su vida debía respaldar su mensaje.
Quienes predican tienen un compromiso real con las ovejas: modelar aquello que proclaman. La integridad del mensajero no es un asunto secundario; es parte del mensaje mismo. Una vida contradictoria no solo daña la credibilidad del predicador, sino que puede convertir en condenación las mismas palabras que deberían traer vida.
El llamado es directo y urgente: observémonos. Que quien predica el evangelio lo examine primero en su propio corazón y en su propia conducta.