Miguel Núñez • 13 octubre, 2016
La palabra arrepentimiento ha casi desaparecido de la predicación evangélica latinoamericana, y esa ausencia no es un detalle menor: es una crisis que toca el corazón mismo del evangelio. Cuando se llama al pecador únicamente a "invitar a Cristo a su corazón" sin mediar un verdadero arrepentimiento, se ofrece una salvación que no corresponde al mensaje que Jesús mismo proclamó. Él fue claro en Lucas 5.32: no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Esa es la definición que el propio Señor dio a su misión, y no puede reducirse ni suavizarse.
Este llamado no fue exclusivo de Jesús. Juan el Bautista abrió su ministerio con la misma urgencia: "Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado." Y el apóstol Pedro, en Hechos 3.19, convocó a su audiencia en los mismos términos: arrepentirse y convertirse para que los pecados sean perdonados y vengan tiempos de refrigerio de la presencia del Señor. La promesa de una visitación genuina de Dios está vinculada directamente al arrepentimiento previo. No hay atajo.
Lo que distingue a un verdadero discípulo no es el recuerdo de un momento pasado en que pronunció una oración, sino una vida marcada por el arrepentimiento continuo. Ciertamente el Señor mora en el creyente por medio de su Espíritu, pero esa morada viene después del arrepentimiento, no en lugar de él. La oración que cierra esta tesis es también un llamado: que Dios aclare el entendimiento de los predicadores de hoy y devuelva esta palabra a los púlpitos, para que la predicación fiel produzca cosechas verdaderas y duraderas.