Miguel Núñez • 6 octubre, 2016
La predicación verdadera no es una conversación informal ni un espacio de intercambio de opiniones. Es una declaración solemne de la voluntad de Dios, y esa distinción marca toda la diferencia en cómo la iglesia entiende y practica el ministerio de la Palabra.
Una predicación fiel trabaja en tres niveles: apela primero a la mente, la informa y la educa; luego moviliza las emociones sobre esa base ya establecida; y finalmente convoca a la voluntad a tomar una decisión. No es sentimentalismo sin fundamento, ni intelectualismo frío sin aplicación. Es un mensaje completo que llega al ser humano completo. Y más que eso, la predicación pronuncia un veredicto. Declara lo que es verdad y, al hacerlo, inevitablemente señala también el error, la mentira y el pecado. Es justamente ahí donde nace la convicción genuina en el creyente, y de esa convicción brota el arrepentimiento real.
Por eso el apóstol Pablo le encargó a Timoteo que predicara la Palabra a tiempo y fuera de tiempo, que redarguyera, reprendiera y exhortara con paciencia e instrucción. Pablo estaba persuadido de que la Palabra tiene poder propio para producir transformación, incluso el nuevo nacimiento.
Lo que la iglesia latinoamericana necesita hoy es recuperar esa convicción. El predicador que sube al púlpito debe sostenerse firme aun cuando su mensaje sea rechazado, recordando siempre que los frutos no dependen de su habilidad ni de su elocuencia, sino de Dios, quien inspiró esa misma Palabra que se proclama.