Miguel Núñez • 30 septiembre, 2016
Es posible sentarse en los bancos de una iglesia toda la vida, escuchar la Palabra de Dios semana tras semana, e incluso predicarla desde el púlpito, y aun así terminar en la condenación eterna. Esa es la advertencia urgente que esta tesis número 37 coloca sobre la mesa, y su peso es difícil de ignorar. No se trata de un caso excepcional o remoto, sino de una posibilidad real que el mismo Señor Jesucristo describió con palabras que sacuden el alma.
El problema de fondo es la profesión de fe sin conversión genuina. Hay quienes han repetido una oración, firmado una tarjeta, o incluso ejercido dones visibles en el nombre de Cristo, pero nunca tuvieron un verdadero encuentro transformador con su persona. Han aceptado a Jesús como Salvador, pero no como Señor, que es precisamente lo que la Palabra demanda. Esta distinción no es menor: es la diferencia entre entrar al reino de los cielos y escuchar de los labios del Señor las palabras más aterradoras que alguien pueda oír: "Jamás los conocí."
George Swinnock lo expresó con claridad demoledora: es una cosa terrible irse al infierno desde los bancos de una iglesia, pero es algo horrendo irse al infierno desde el púlpito. Ambas realidades son posibles, y ambas exigen que cada creyente se detenga a examinar su propia vida.
La pregunta entonces no es cuánto tiempo llevamos en la iglesia, sino si hay frutos reales que evidencien una conversión verdadera. La mejor manera de saberlo es revisar esos frutos con honestidad, a la luz de la Palabra de Dios.