Miguel Núñez • 22 septiembre, 2016
El verdadero liderazgo espiritual no se ejerce mediante el control ni el señorío sobre las personas, sino a través de la influencia que nace de un carácter cultivado. Esta es la tensión central que plantea la tesis 36: muchos líderes confunden autoridad con dominio, cuando en realidad las ovejas pertenecen a Dios, y es Él quien en última instancia gobierna sus vidas y ministra a las necesidades más profundas de su corazón.
El apóstol Pedro, alguien que caminó junto al Señor Jesucristo y observó de cerca su manera de liderar, escribe en su primera carta a los pastores advirtiéndoles que no ejerzan señorío sobre las ovejas. Lo que Pedro vio en Jesús fue un estilo de vida diseñado para que otros pudieran seguir sus huellas. Ese modelo sigue siendo el llamado del pastor hoy: no forzar ni controlar, sino inspirar, animar y estimular a quienes han depositado su confianza en él.
Lo que las personas ven en su líder muchas veces tiene un impacto mayor que lo que escuchan de él. La gente puede obedecer por la posición que alguien ocupa, pero es el carácter lo que ejerce verdadera influencia. Y ese carácter no cae del cielo: se cultiva con esfuerzo, ayudado y motivado por la gracia de Dios, a través de su Palabra.
Por eso, lo que Dios hace en el pastor es siempre más importante que lo que Dios hace a través de él. Dios puede usar a otros para su obra, pero la transformación que produce en cada persona es única e irremplazable. Servir bien a las ovejas comienza por dejarse formar a imagen y semejanza de Cristo, y luego animarlas a hacer lo mismo.