Miguel Núñez • 8 septiembre, 2016
El orgullo es la mayor amenaza que enfrenta un líder cristiano dotado, no porque destruya sus capacidades, sino porque las vacía de su propósito. Cuando los dones y talentos llevan a alguien a sentirse superior a los demás, dejan de cumplir la función para la que fueron dados y terminan luciendo como debilidades en lugar de fortalezas. Esta es la tensión que plantea esta tesis número 34 para la iglesia latinoamericana: los dones no son logros personales, sino regalos de Dios con un destino claro.
Dios equipa a su iglesia con dones y talentos distribuidos de manera desigual —a algunos más, a otros menos— pero siempre con el mismo propósito: servir a los santos y manifestar la gloria de Dios. El error está en confundir lo recibido con lo conquistado. Cuando alguien atribuye sus habilidades a sus propios estudios o esfuerzos, pierde de vista que el origen y el fin de todo don pertenecen a Dios, no al que lo porta.
La alternativa al orgullo no es la pasividad ni el rechazo de los propios talentos, sino cultivar un carácter genuinamente humilde. Filipenses 2:3 ofrece la dirección: nada por egoísmo o vanagloria, sino considerar al otro como superior a uno mismo. Y ese llamado se ancla en un modelo concreto: la actitud que hubo en Cristo Jesús.
El pastor Núñez cierra con una invitación a detenerse, a pedir que Dios escudriñe el corazón, y si hay iniquidad en el uso de los dones, a buscar su perdón con confianza, porque Él es fiel y justo para perdonar.