Miguel Núñez • 8 febrero, 2016
La vida del cristiano no tiene dos velocidades: una sagrada para los momentos de iglesia y otra secular para el resto del tiempo. Esa división, tan común en la práctica de muchos creyentes, contradice directamente lo que el apóstol Pablo enseñó a los corintios: que comer, beber y cualquier otra cosa deben hacerse para la gloria de Dios. Todo, sin excepción, cae bajo esa misma vocación.
Pero para vivir así, primero hay que entender qué significa realmente glorificar a Dios. La frase "para la gloria de Dios" se ha repetido tanto en los círculos evangélicos que ha perdido su peso. La gloria de Dios no es una expresión decorativa ni un cierre de oración: es todo lo que Dios es, su esencia misma irradiando hacia afuera. Glorificarlo significa procurar que quienes nos rodean se vayan de nuestra presencia con una imagen más grande y más real de quién es Dios. Significa reflejar sus atributos en cada contexto de la vida.
Los reformadores lo resumían con una expresión poderosa: vivir coram Deo, delante del rostro de Dios. Esa conciencia lo transforma todo. El trabajo, el estudio, la predicación, una conversación cotidiana: cada uno de esos espacios es un escenario donde el creyente puede —y debe— mostrar algo de lo que Dios es.
La invitación es a despertar. A recuperar la profundidad de un concepto que el hábito ha vaciado, y a vivir con la convicción de que no hay un solo rincón de la existencia que quede fuera de la gloria de Dios.