Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
Predicar para retener ovejas en lugar de proclamar la verdad es una trampa que termina destruyendo ambas cosas. Muchos predicadores hoy sienten el peso de ver cómo su congregación podría reducirse si dicen lo que realmente necesita ser dicho, y ese temor los lleva a suavizar el mensaje, a adaptarlo, a negociar con la verdad. Pero la promesa es firme: si el pastor sirve fielmente el alimento que Dios ha preparado, las ovejas que Dios le ha confiado permanecerán. La responsabilidad del predicador no es fabricar el menú, sino servirlo.
La ilustración es sencilla y poderosa: Dios es el cocinero, nosotros somos los meseros. El predicador no entra al púlpito a crear algo nuevo, sino a entregar lo que ya fue revelado. El apóstol Pablo lo entendió así cuando escribió a los corintios: "yo os entrego lo mismo que recibí", refiriéndose a la muerte y resurrección de Cristo según las Escrituras. Pablo se cuidó de que la revelación recibida no fuera distorsionada por sus emociones, sus temores ni las presiones externas. Esa misma fidelidad se le exige al predicador de hoy.
El llamado final es claro: preocúpate por conservar la verdad, no por conservar las ovejas. Predica con reverencia, con pasión, con el deseo genuino de que el pueblo escuche lo que Dios ha revelado. Las almas que Cristo compró por precio no pueden ser malnutridas con un mensaje rebajado. Y la promesa que sostiene todo esto es que Dios mismo se encargará de conservar a sus hijos.