Miguel Núñez • 23 junio, 2016
Existe una confusión peligrosa que puede instalarse en el corazón de quienes sirven en el ministerio: confundir el amor por la predicación y la obra con el amor genuino por Dios. Esta tesis —la número 18 de las 95 tesis para la iglesia latinoamericana de hoy— pone el dedo sobre esa llaga con claridad y ternura a la vez.
Cristo mismo, al inspeccionar las siete iglesias del libro de Apocalipsis, le llamó la atención a la iglesia de Éfeso por haber perdido su primer amor. No por haber abandonado la doctrina, ni por haber dejado de trabajar, sino por haber desplazado lo más importante: amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la fuerza, tal como lo establece el mayor de los mandamientos.
El ministerio y el amor por Dios están relacionados, pero no son lo mismo. El amor por lo que hacemos debe fluir como fruto de una comunión íntima y diaria con Dios, no reemplazarla. Cuando el ministerio ocupa el lugar que le pertenece a Dios, algo esencial se ha perdido, aunque todo lo demás parezca funcionar bien.
La advertencia es directa: nunca confundas al Hacedor con la obra. Algunos siembran, otros riegan, pero es Dios quien cosecha. El ministro no es el centro de la historia; es un instrumento en manos del único que verdaderamente transforma. Mantener esa claridad no es solo humildad teológica —es la condición para no perder el primer amor.