Miguel Núñez • 16 junio, 2016
Lo que hace a un pastor no es lo que muchos suponen. No es su reputación pública, ni el título que ostenta, ni el conocimiento acumulado, ni su habilidad para administrar o delegar. Lo que verdaderamente define a un pastor es su carácter, su sabiduría, su llamado genuino y, sobre todo, su capacidad para servir. Esta distinción no es menor: apunta directamente a la diferencia entre una apariencia de liderazgo y un liderazgo verdadero según el modelo bíblico.
El apóstol Pablo, al escribirle a Timoteo, entregó instrucciones precisas para todos los que aspiran al pastorado. El primer requisito que menciona es que el obispo —el pastor, el anciano— debe ser irreprensible o irreprochable. Esto no significa que sea un hombre sin pecado, sino alguien cuyo patrón de conducta no da lugar a que nadie tenga que señalarlo como mal ejemplo para la congregación. Es una vida que no levanta cargos legítimos contra sí misma.
Esa irreprensibilidad se expresa en tres esferas concretas. En el hogar, donde el pastor debe tener su familia bajo orden. En la iglesia, donde su vida debe ser un modelo para los que están bajo su cuidado. Y con los de afuera, donde su testimonio debe ser constante y coherente ante todos los hombres.
El propósito final de todo esto es que el pastor honre a Dios delante de quienes aún no lo conocen, de tal manera que ellos, al ver esa vida, puedan a su vez honrar a Dios en el día de su visitación.