Miguel Núñez • 9 junio, 2016
La manera en que un predicador trata la Palabra de Dios en el púlpito no es un asunto privado ni meramente técnico: moldea directamente la manera en que las congregaciones enteras se relacionan con la revelación divina. Si el predicador la maneja con ligereza, sin precisión ni reverencia, quienes lo escuchan aprenderán —sin que nadie se los enseñe explícitamente— a hacer lo mismo. El peso de la Palabra no llegará a sus vidas, y sus vidas no serán vividas para la gloria de su Redentor.
La iglesia de Tesalónica es el contraste luminoso que lo demuestra. El apóstol Pablo los elogia precisamente por esto: recibieron la Palabra de Dios como lo que verdaderamente es, no como palabra de hombres. Esa actitud ante la Escritura fue lo que hizo de ellos una iglesia modelo, un ejemplo que resonó en Acaya, en Macedonia y mucho más allá. La reverencia hacia la Palabra no fue un detalle secundario en su vida como comunidad —fue su fundamento.
Lamentablemente, ese estándar está lejos de describir a muchos predicadores del mundo hispanohablante hoy. La Palabra se trabaja con descuido, se presenta sin el peso que merece, y las congregaciones cosechan lo que sus líderes siembran desde el púlpito.
Por eso esta tesis es, ante todo, un llamado a quienes predican y enseñan: recapturar la convicción de que lo que se proclama es la mente, el corazón y la voluntad de Dios. Es la manera en que Dios piensa, siente y es. Predicarla con fidelidad no es una opción —es una responsabilidad ineludible ante el Dios que es su autor.