Miguel Núñez • 22 enero, 2016
Cuando Jesús ordenó hacer discípulos de todas las naciones, su mandato fue claro: predicar el Evangelio. No sueños, no visiones, no opiniones personales. Sin embargo, la iglesia latinoamericana enfrenta hoy una amenaza que no viene de afuera, sino desde sus propios púlpitos: predicadores que han desplazado el Evangelio de su lugar central y han puesto en su lugar ideas humanas, estrategias mercadológicas e invenciones propias que nada tienen que ver con lo que Dios ha revelado.
El Evangelio tiene un contenido preciso e irremplazable: es el mensaje directamente ligado a la vida, la muerte y la resurrección del Señor Jesucristo. Esos dos eventos —su muerte y su resurrección— no son símbolos ni metáforas; son hechos avalados por la historia. Cuando ese mensaje ocupa el centro, el Espíritu de Dios obra. Pero cuando la cruz es desplazada, lo que queda no es el poder de Dios sino el atractivo de un hombre.
Y allí está el peligro más profundo: un predicador que sustituye la cruz por su propio carisma, sus ideas o su marca personal podrá reunir multitudes y conseguir seguidores de su nombre. Pero jamás podrá producir discípulos de Cristo. La diferencia no es menor; es la diferencia entre una iglesia viva y una congregación cautiva de una personalidad.
El llamado es urgente y directo: Latinoamérica necesita despertar. La cruz no es un adorno ni un símbolo secundario. Es la identidad misma de la iglesia, y recuperar su centralidad no es una opción teológica sino una obediencia irrenunciable.