Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
La división en la iglesia es una de las plagas más persistentes en la historia del cristianismo, y su causa más frecuente no es teológica sino profundamente humana: el ego no quebrantado. Esta tesis —la número 19 de las 95 tesis para la iglesia latinoamericana de hoy— confronta con honestidad una realidad que muchos prefieren ignorar o justificar con argumentos espirituales.
Hay momentos en que la separación es inevitable y hasta necesaria. Cuando el Evangelio de Cristo está siendo negociado, cuando la verdad de Dios está en juego, la división puede ser un acto de fidelidad. Pero esos casos no representan la mayoría. La mayoría de las rupturas en el cuerpo de Cristo han nacido de la negativa a humillarse, a perdonar, a ceder el orgullo propio. Se levanta una tienda aparte, se rompe la comunión, y lo que queda es un ego agigantado disfrazado de convicción.
Frente a esa tendencia, el modelo es Jesús. Él dejó su gloria, tomó forma humana, se hizo siervo, y llevó esa actitud hasta el extremo de morir en una cruz. Su propia enseñanza lo resume con claridad: "Aprended de mí, que soy manso y humilde, y encontraréis paz para vuestros corazones." Esa mansedumbre no fue debilidad; fue la expresión más plena de su carácter.
La oración de Jesús en el aposento alto, horas antes de su crucifixión, fue que sus discípulos fueran uno, así como Él y el Padre son uno. Honrar ese legado exige que pastores, maestros y ovejas por igual abracen el quebrantamiento como camino a la unidad.