Miguel Núñez • 12 mayo, 2016
Existe una diferencia fundamental entre ejercer autoridad pastoral legítima y enseñorearse sobre el rebaño de Cristo. Esa distinción es el corazón de esta tesis, y ignorarla ha producido uno de los patrones más dañinos que se observan en el liderazgo eclesiástico latinoamericano: ministros que se comportan como apóstoles con poder absoluto en lugar de como siervos a quienes se les ha confiado algo que no les pertenece.
El llamado al liderazgo es real. Predicar la Palabra con autoridad es una responsabilidad legítima y necesaria. Pero la autoridad del ministro no nace de su posición ni de su personalidad, sino del mensaje que porta y del Dios que lo envía. Dios es el dueño de la causa. Dios es quien planificó la redención. Dios es quien dio a su Hijo. El ministro, ante todo eso, no es más que un siervo y administrador de misterios que no le pertenecen.
Pablo lo dijo con claridad al escribir a los corintios: "todo hombre nos considere como siervos y administradores de los misterios de Dios." Esa es la vara con la que debe medirse cualquier ministerio. Y aun cuando ese siervo haya dado todo de sí, aun cuando haya cumplido fielmente cada responsabilidad, la única conclusión posible sigue siendo la misma: siervos inútiles somos.
El modelo que reorienta todo es el del Señor Jesucristo mismo. Él, siendo el único con autoridad verdadera y absoluta, vino a servir. Volver a ese modelo no es debilidad pastoral; es obediencia al único que tiene derecho a llamarse Señor sobre su iglesia.