Miguel Núñez • 5 mayo, 2016
La tarea misionera enfrenta una crisis silenciosa: no la falta de obreros, sino la falta de obreros enviados por Dios. Muchas iglesias en América Latina han plantado iglesias y enviado misioneros con genuino entusiasmo, pero la pregunta que esta tesis lanza con urgencia es si esos obreros han salido por iniciativa humana o por dirección divina. La diferencia no es un detalle secundario; es la diferencia entre esfuerzo humano y cosecha verdadera.
La estrategia que Jesús dejó para enfrentar la abundancia de la mies no fue organizar más comités ni lanzar más campañas. Su instrucción fue clara y desconcertante a la vez: rogar al Señor de la mies que Él mismo envíe obreros. La oración no es la preparación para la misión; la oración es la misión. Antes de enviar, hay que orar. Y quizás, señala esta enseñanza, necesitamos orar más y enviar menos hasta que el Señor haya respondido.
El libro de Hechos ilustra cómo luce esto en la práctica. Pablo y Bernabé no salieron por decisión propia ni por votación congregacional. Salieron después de que la iglesia había orado y ayunado, y después de que el Espíritu Santo los dirigió de manera específica. Ese orden —oración, dirección, envío— produjo una cosecha extraordinaria. No fue casualidad; fue consecuencia.
La invitación final es a regresar al Señor de la mies, no como recurso de último momento, sino como punto de partida. Que Él enseñe, instruya y dirija cómo recoger lo que solo Él puede dar.