Miguel Núñez • 28 abril, 2016
La adoración no fue diseñada para satisfacer al hombre, sino para honrar a Dios. Esta es la tensión que plantea la tesis número 16 de las 95 tesis para la iglesia latinoamericana de hoy: en nuestros días, la adoración parece haberse reorientado hacia el deleite humano, perdiendo de vista a Aquel a quien debe dirigirse.
Durante mucho tiempo se ha podido observar cómo la adoración se diseña con el propósito de producir cierto gozo en el hombre, dejando a un lado la honra que le corresponde a Dios. Esa inversión de prioridades no es un asunto menor; es una distorsión que afecta el corazón mismo de la vida de la iglesia.
Sin embargo, hay una verdad hermosa en todo esto: cuando el hombre adora a Dios genuinamente, colocándolo a Él en el centro, se pone en posición de recibir todo lo que un Dios bondadoso quiere dar a sus hijos. La adoración verdadera no empobrece al creyente; lo prepara para recibir la generosidad de Dios.
El camino para restaurar una adoración auténtica pasa necesariamente por elevar la imagen de Dios en la mente y el corazón del pueblo, y eso no ocurre por casualidad. Solo la predicación fiel de la Palabra puede lograrlo. Mientras la iglesia no recupere una visión alta y correcta de quién es Dios, la adoración seguirá siendo un ejercicio centrado en el hombre antes que una ofrenda digna al Creador.