Miguel Núñez • 21 abril, 2016
Uno de los pecados más graves que afecta a la iglesia latinoamericana de hoy no es la inmoralidad ni la herejía abierta, sino algo más sutil y quizás más peligroso: la trivialización de Dios. Cuando la manera en que las ovejas tratan a su Dios refleja ligereza, irreverencia o familiaridad excesiva, esa actitud no nació en el banco de los oyentes, sino en el púlpito. El predicador es quien primero ha moldeado —o deformado— la imagen de Dios en la mente de su congregación.
Por eso existe una necesidad urgente de recuperar una visión alta y sublime de Dios en la predicación. Las Escrituras no permiten que lo olvidemos. Isaías 57:15 presenta a un Dios alto y sublime, majestuoso en su ser. Y Hebreos 12:29 nos recuerda que ese mismo Dios es un fuego consumidor. Estos dos textos, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, funcionan como dos portalibros que sostienen toda la revelación bíblica: Dios no ha cambiado su naturaleza ni ha reducido su gloria.
Es cierto que Dios se ha acercado a nosotros de una manera incomparable a través de la persona del Señor Jesucristo. Esa cercanía es real, es preciosa y es motivo de profunda gratitud. Pero esa gracia no disminuye su majestuosidad ni su santidad. Todo lo contrario: precisamente porque nos acercamos a un Dios que es fuego consumidor, la confianza que Cristo nos da para acudir a Él debe ir siempre acompañada de reverencia genuina. Adorarle con ligereza no es libertad, es ingratitud.