Antes de servir a Dios hay que dejar que Dios trabaje en nosotros. Este principio —ser antes de hacer— atraviesa toda la enseñanza de Hechos 6, donde los apóstoles buscan hombres para servir mesas, no predicadores, y aun así exigen que sean de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y llenos de sabiduría. La base de la selección no tenía nada que ver con apariencia ni habilidades visibles, sino con carácter. Como un edificio que se sostiene por varillas y zapatas que nadie ve, así el fundamento de un siervo está en lo secreto, en lo que Dios ha formado en el corazón antes de cualquier tarea pública.
Todos llegamos a la fe afectados por el pasado, con una cosmovisión que necesita ser corregida, con una tendencia a sobrevalorarnos y con pecados remanentes que el Espíritu debe ir limpiando. El ejemplo de Moisés lo ilustra con fuerza: educado en el palacio de Faraón, preparado intelectualmente como pocos, pero Dios lo envió cuarenta años al desierto a pastorear ovejas antes de usarlo. Allí aprendió humildad, a seguir, a ser siervo. El pastor Luis Méndez lo resume con claridad: si no has aprendido a seguir a otros, no estás listo para liderar. Dios nos recibe tal como somos, pero nos ama demasiado para dejarnos así. El proceso de santificación no es opcional para el creyente; es el camino donde Dios nos transforma progresivamente a la imagen de Cristo, desde la inconsciencia de nuestras fallas hasta vivir bajo el control del Espíritu de manera natural.
Según Hechos 6, ¿cuáles fueron los tres requisitos que los apóstoles establecieron para seleccionar a quienes servirían las mesas, y por qué resulta significativo que ninguno de ellos tuviera que ver con habilidades visibles o apariencia física?
¿Qué ilustra el ejemplo de Moisés —educado en el palacio de Faraón pero enviado cuarenta años al desierto— sobre la relación entre preparación intelectual y preparación de carácter para el servicio?
La clase menciona varias señales de inmadurez espiritual: celos, dificultad para perdonar, necesidad excesiva de aprobación, crítica frecuente del otro. ¿Cuál de estas áreas reconoces que Dios todavía está trabajando en tu vida, y cómo se manifiesta concretamente en tus relaciones o reacciones?
Se dice que nuestra verdadera condición espiritual no se mide el domingo sino el lunes por la mañana. Piensa en esta última semana: ¿hubo algún momento donde tu forma de reaccionar contradijo lo que profesas creer? ¿Qué revela eso sobre áreas que aún necesitan la obra del Espíritu?
Si el crecimiento espiritual no es opcional para el creyente verdadero, ¿cómo debería una comunidad de fe acompañar a alguien que lleva años luchando con los mismos patrones de pecado sin avance visible, sin caer en el juicio pero tampoco en la complacencia?