Miguel Núñez • 14 marzo, 2017
La salvación no comienza con el hombre buscando a Dios, sino con Dios buscando al hombre. Esta verdad, que parece obvia para quien lee las Escrituras con atención, resulta ser una de las más resistidas en la historia de la iglesia — y una de las más transformadoras cuando finalmente se comprende. La clase examina por qué Dios diseñó la salvación para su propia gloria, no como un acto de egocentrismo divino, sino porque no existe ningún ser superior en quien Él pudiera centrar sus propósitos. Efesios 1 lo declara con claridad: fuimos predestinados "para la alabanza de su gloria". La cruz misma, ese instrumento de maldición, desplegó la sabiduría, el poder, la misericordia, la gracia y el amor de Dios de maneras que ninguna mente humana hubiera podido concebir.
La segunda parte de la enseñanza confronta una realidad incómoda: la caída de Adán no dejó al hombre simplemente debilitado, sino completamente inhabilitado para buscar a Dios. El pastor Núñez recorre múltiples textos — desde Romanos 3 hasta Jeremías 17 — para mostrar que la mente quedó entenebrecida, el corazón endurecido y la voluntad esclavizada. El hombre natural no rechaza a Dios solo porque no quiere; no puede entender las cosas espirituales porque se disciernen espiritualmente, y él carece del Espíritu. Como ilustra el pastor, cuando alguien finalmente "encuentra" a Dios, es como el niño que encuentra el huevo de Pascua: fue guiado todo el camino por su Padre, aunque crea haberlo descubierto solo.
Según la clase, ¿cuál es el propósito principal por el cual Dios salvó al hombre, y cómo se relaciona esto con la afirmación de que Dios es "Dios-céntrico"?
¿De qué manera la caída de Adán afectó las facultades del hombre — su mente, corazón y voluntad — según los textos bíblicos presentados en la enseñanza?
Cuando escuchas que "nadie busca a Dios" y que tu conversión fue iniciativa divina, ¿cómo cambia eso la manera en que recuerdas tu propia historia de fe? ¿Hay algo de orgullo espiritual que necesitas soltar?
El pastor menciona que muchas veces recibimos los beneficios de Dios pero no los disfrutamos — incluso nos quejamos de ellos. ¿Puedes identificar algún área de tu vida donde esto esté ocurriendo actualmente?
Si la voluntad del hombre quedó esclavizada al pecado después de la caída, ¿cómo debería esto afectar la manera en que evangelizamos y la expectativa que tenemos cuando compartimos el evangelio con otros?