La voluntad permisiva de Dios es uno de esos conceptos que parecen claros a primera vista, pero que al examinarse con cuidado revelan una complejidad mayor. El pastor Núñez aclara desde el principio que la Biblia no presenta a Dios con cinco voluntades distintas —soberana, permisiva, moral, entre otras— sino con una sola voluntad que, por nuestra limitación humana, necesitamos describir con diferentes nombres para poder comprenderla.
El ejemplo que ilumina esta enseñanza viene del momento en que Israel rechazó el gobierno directo de Dios para pedir un rey humano. Dios le dijo a Samuel que no era al profeta a quien rechazaban, sino a Él mismo. Y sin embargo, Dios permitió que Saúl reinara. Eso es lo que comúnmente llamamos voluntad permisiva. Pero aquí está el punto central: lo que parece una concesión de Dios es, en realidad, su voluntad directa obrando en juicio. Dios no se interpuso porque su propósito era juzgar al pueblo dejándolo cosechar las consecuencias de sus propios deseos. No tuvo que ser el autor del mal; simplemente retiró su mano y dejó que el pueblo tuviera lo que quería.
Este principio tiene aplicación directa en la vida colectiva. Los pueblos corruptos tienden a tener gobiernos corruptos, no por casualidad, sino porque Dios frecuentemente nos disciplina entregándonos a nuestras propias elecciones. El que evade impuestos no puede sorprenderse de tener un gobierno que también defrauda. Así obra el juicio divino: silencioso, justo y sin que Dios necesite violar su santidad para ejecutarlo.