Miguel Núñez • 25 julio, 2017
Vivimos en una crisis de liderazgo, y esa crisis tiene rostro masculino. Las estadísticas lo confirman con una claridad que incomoda: la gran mayoría de los jóvenes que abandonan la escuela secundaria, que terminan en prisión o que caen en adicciones provienen de hogares donde el padre está ausente. El 95% de la población carcelaria son varones, y prácticamente todas las violaciones sexuales son cometidas por hombres. No se trata de una acusación, sino de un diagnóstico urgente.
Esta crisis no es nueva. El pastor Miguel Núñez la rastrea hasta el jardín del Edén, donde Adán no protegió a Eva ni intervino cuando ella fue tentada, cediendo su liderazgo en el momento más decisivo. Lo mismo ocurrió con Abraham, quien accedió a la propuesta de Sara de tener un hijo con su criada cuando no debía haberlo hecho. La tendencia del varón a evadir la responsabilidad y culpar a otros cuando falla —en contraste con la mujer, que tiende a abrazar la culpa— también revela algo profundo sobre esta crisis de carácter.
Estudios realizados en Estados Unidos y Canadá muestran que las mujeres son percibidas como trabajadoras más honestas, eficientes y comprometidas. En las iglesias ocurre algo similar: ellas leen más, compran más literatura cristiana y son consideradas más espirituales. Incluso el 70% de los libros que los hombres adquieren terminan siendo leídos por sus esposas.
La solución no es seguir empoderando el liderazgo femenino como sustituto, sino obligar al hombre a ocupar el rol que ha abandonado. Y para que eso ocurra, muchas mujeres tendrán que dar un paso atrás, siendo el viento debajo de las alas de sus esposos y compañeros, para que ellos puedan crecer.