Miguel Núñez • 7 agosto, 2017
La Biblia, aunque escrita hace miles de años, no es un libro imposible de entender. La clave está en reconocer que, como cualquier escrito humano, tiene reglas de interpretación que se pueden aprender y aplicar. Un verbo es un verbo, un sujeto es un sujeto: las leyes del lenguaje funcionan en la Biblia igual que en cualquier otro texto. A esto se suman principios específicos de hermenéutica que ayudan al lector a acercarse correctamente al mensaje que Dios quiso comunicar.
Uno de esos principios fundamentales es que el Antiguo Testamento debe interpretarse a la luz del Nuevo Testamento, porque el primero apuntaba al segundo y es en él donde encuentra su plena revelación. Del mismo modo, un pasaje oscuro o difícil debe explicarse a partir de otros pasajes que traten el mismo tema con mayor claridad. Estos no son principios arbitrarios: tienen una lógica interna que cualquier lector atento puede reconocer.
También es importante entender que la Biblia usa lenguaje antropomórfico —es decir, habla de Dios en términos humanos para que podamos comprenderlo— y lenguaje fenomenológico, donde los escritores describen lo que observaron tal como lo vieron. El ejemplo de Josué y el sol que se detuvo ilustra bien esto: el observador no era astrónomo, simplemente describió lo que percibió, y hoy podemos entender ese fenómeno con mayor precisión.
El predicador, por su parte, enfrenta un doble desafío: traer la Biblia a la gente en el lenguaje de hoy, y traer a la gente a la Biblia para que vea su relevancia. Como en las matemáticas, lo que al principio parece complejo se vuelve más claro a medida que se aprenden las reglas y se practica su aplicación.