Miguel Núñez • 30 abril, 2018
Todo cuanto ocurre bajo el sol —accidentes, guerras, tragedias— sucede bajo el control soberano de Dios. Esta no es una afirmación que requiera disculpas ni matices evasivos. El mismo Dios, en el libro de Lamentaciones, se responsabiliza abiertamente por las calamidades que caen sobre una ciudad. Lejos de excusarse, Él declara que ha estado en control. Y esa soberanía no es un detalle secundario de la fe cristiana: es la definición misma de quién es Dios. Un ser que solo controla algunas cosas no es Dios; es simplemente otra criatura con poder limitado.
Para los que aman a Dios y han recibido a Cristo como Señor y Salvador, la soberanía divina viene acompañada de una promesa concreta: todas las cosas cooperan para bien. Ese "bien" no es vago ni genérico. Según la misma Escritura, el propósito es que seamos conformados a la imagen del Hijo de Dios. Así, hasta un accidente de tránsito severo puede ser el instrumento que Dios usa para moldear en nosotros ese carácter.
Pero la soberanía de Dios también abarca a quienes aún no le conocen. Las guerras entre pueblos no creyentes, por ejemplo, han abierto puertas para que organizaciones cristianas ingresen con ayuda médica y humanitaria, y a través de ellas el Evangelio ha llegado a personas que de otro modo jamás lo habrían escuchado. El propósito redentor de Dios avanza incluso en medio del caos.
El pastor Miguel Núñez ilustra todo esto con la imagen de un tapiz tejido a mano: visto por detrás, es una maraña de hilos sin sentido aparente; dado vuelta, revela una obra de arte. Así es este mundo. Creer en la soberanía de Dios no es ingenuidad —es la única base real para vivir en paz.