Miguel Núñez • 17 octubre, 2017
La fe no es una herramienta para garantizar resultados ni una ley que obligue a Dios a conceder lo que pedimos. Esta verdad corta de raíz una de las enseñanzas más extendidas del cristianismo contemporáneo: la llamada "teología de la súper-fe", que sostiene que cuando el creyente declara o afirma algo con suficiente convicción, activa una ley espiritual que Dios debe responder. Pero eso no tiene sustento bíblico ni histórico. La fe genuina no crea realidades; nos introduce en los propósitos de Dios.
El ejemplo más claro es el mismo Jesucristo en Getsemaní. Nadie tenía una fe superior a la del Hijo de Dios, y aun así su oración no fue una declaración de poder sino una entrega: "Padre, si es posible que pase de mí esta copa, pero que se haga tu voluntad y no la mía." Jesús no carecía de fe; sencillamente sabía que la oración no existe para cambiar la voluntad de Dios, sino para alinearnos con ella. Santiago también nos recuerda que hay cosas que no recibimos porque no las pedimos, no porque Dios quiera castigarnos, sino porque Él diseñó la oración para cultivar en nosotros una confianza genuina en Él.
La fe que Dios nos llama a tener es confianza en su carácter, no certeza sobre los resultados. Dios no es más fiel ni más bueno cuando nos concede lo que pedimos; lo es igualmente cuando no nos lo da. El pastor Núñez lo plantea de manera directa: si conociéramos todo lo que Dios conoce, ordenaríamos nuestra propia vida exactamente como Él la está ordenando. Esa es la fe que honra a Dios: la que descansa en su bondad perfecta incluso cuando la respuesta no llega.