Miguel Núñez • 14 agosto, 2017
La Biblia no comparte su autoridad con nadie ni con nada. Esa es la convicción central que el pastor Núñez defiende al responder si la tradición y el magisterio de la Iglesia Católica pueden considerarse fuentes equivalentes a la Palabra de Dios. Desde el Concilio de Trento en 1546, Roma ha sostenido que estas tres fuentes se encuentran al mismo nivel. Pero equiparar lo que Dios inspira con lo que los hombres construyen históricamente no solo es un error teológico, sino algo que el pastor Núñez describe como irreverente.
La evidencia histórica habla por sí sola. Los papas, obispos y concilios católicos se han contradicho entre sí a lo largo de los siglos. Un ejemplo concreto: Roma llegó a enseñar que los niños que morían sin bautizar iban al limbo, doctrina que después fue simplemente eliminada porque nunca tuvo base en la Escritura. Eso revela el problema de fondo: cuando la tradición y el magisterio tienen la misma autoridad que la Biblia, se abre una puerta por la que puede entrar cualquier enseñanza, y luego salir con igual facilidad.
Solo Dios, por su carácter —omnisciente, santo, justo e infalible— tiene la autoridad de hablar de manera que ate universalmente la conciencia de todos los hombres, en cualquier cultura o continente. Una tradición humana, en cambio, varía de nación en nación y no puede reclamar ese alcance cósmico.
La historia confirma esto. Quienes han afirmado la inerrancia e infalibilidad de la Biblia han dejado una huella transformadora en las naciones y en la iglesia. Los teólogos liberales que la negaron, en cambio, han producido desvío y poco fruto duradero. No hay poder en el error, pero sí en la verdad.