Miguel Núñez • 15 junio, 2017
Estar muertos al pecado y vivos para con Dios no es simplemente una metáfora espiritual: es la realidad que define la identidad del creyente y el fundamento desde el cual debe vivir cada día. Cuando Cristo murió en nuestro lugar y Dios nos declaró justos delante de él, algo radical ocurrió: el pecado perdió sus amarras sobre nosotros. No ha perdido todo su poder todavía, pero ya no tiene el dominio absoluto que tenía antes. El problema es que muchos creyentes viven como si eso no hubiera sucedido, recordándose constantemente su naturaleza pecadora para justificar sus caídas, en lugar de considerarse libres.
El pastor Núñez señala que Pablo no está negando que el cristiano siga pecando, sino que está cambiando la manera en que el creyente debe verse a sí mismo. Considerarse muerto al pecado no es un ejercicio de autoengaño, sino una motivación poderosa para la santidad: el pecado ya no tiene derecho sobre ti, y en el Espíritu que vive en ti tienes el poder para seguir despegándote de él. Dios, además, está obrando en ese proceso: primero liberta de la paga del pecado, luego va debilitando su poder a través de la santificación, y finalmente, en la gloria, liberará al creyente de su presencia por completo.
Pero hay una segunda cara de esta verdad que no debe pasarse por alto. Estar vivo para con Dios significa que esa vida nueva tiene un destino: ser ofrecida a él como adoración. Lo que antes se vivía en muerte espiritual y para la propia gloria, ahora puede y debe vivirse para Dios. Esa es la lógica detrás del llamado de Pablo a ofrecer el cuerpo como sacrificio vivo y santo. Ya no somos esclavos derrotados por el pecado; somos personas vivas, y esa vida le pertenece a quien la hizo posible.