Miguel Núñez • 18 abril, 2018
La pregunta parece una trampa: si la salvación no se pierde, ¿qué significa entonces que la Biblia hable de ovejas perdidas? Lejos de contradecir la seguridad de la salvación, esa imagen la confirma con una fuerza especial. Las ovejas estaban perdidas, sí, pero el punto central de cada pasaje es que el pastor no las dejó perdidas. Eso lo cambia todo.
La clave está en entender que Dios eligió a los suyos desde la eternidad pasada, como lo establece Efesios 1. Antes de creer, esas personas estaban perdidas en delitos y pecados, pero ya eran suyas en la mente de Dios. El pastor Núñez lo ilustra con su propia experiencia: antes de su conversión, él estaba perdido, pero ya había sido elegido. Por eso Jesús, en Mateo 10, envía a los apóstoles a las ovejas perdidas de Israel: no a personas ajenas al rebaño, sino a las que le pertenecían y aún no habían creído.
La parábola de las cien ovejas lo confirma de manera poderosa. Una se extravió, pero el pastor no dijo "si no regresa, la dejo perdida." Salió a buscarla. Y cuando la encontró, hizo algo que la cultura israelita entendería bien: le fracturaba una pata, la entablillaba, y la cargaba sobre su cuello durante semanas. Esa cercanía forzada creaba un vínculo tan profundo que la oveja jamás volvía a alejarse del redil.
Dios obra de la misma manera con sus hijos. Las circunstancias difíciles de la vida son, a veces, esa pierna fracturada: el medio por el cual el Pastor nos acerca a sí mismo y nos enseña a no alejarnos más. La salvación no se sostiene por el esfuerzo de las ovejas, sino por la determinación del Pastor de no perder ninguna de las que son suyas.