Miguel Núñez • 25 julio, 2018
En la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor. Esta frase del rey Salomón en Eclesiastés 1:18 podría sonar extraña viniendo del hombre más sabio de la historia, pero cobra todo su sentido cuando se lee en el contexto del libro completo. Salomón no estaba hablando de la sabiduría como algo malo en sí mismo, sino describiendo una experiencia profundamente humana: la de buscar en los logros y el conocimiento algo que estos jamás podrán dar.
A lo largo de su vida, Salomón lo probó todo. Buscó sabiduría y conocimiento, tuvo mil mujeres, se entregó al vino, construyó grandes obras, plantó huertas y jardines. Y sin embargo, al final de cada empresa, seguía vacío. La palabra que él mismo usa —vanidad— no significa simplemente inutilidad, sino precisamente eso: vacío. Todo aquello que acumuló lo dejó sin llenar. El pastor Núñez ilustra este punto con una imagen contemporánea: imagina a alguien que completa cinco doctorados, uno en Medicina, otro en Derecho, y así sucesivamente, esperando que cada título nuevo calme su inquietud interior. Pero al terminar cada uno, la angustia permanece intacta.
Lo que Salomón estaba experimentando no era un fracaso del conocimiento en sí, sino el fracaso de buscar en el conocimiento lo que solo Dios puede dar. Ese vacío que ningún logro humano logra colmar tiene una sola respuesta: una relación real con Dios, el perdón de los pecados, la libertad de la culpa que pesa sobre el alma. Es en Cristo Jesús, que murió para pagar esa deuda, donde el ser humano puede finalmente encontrar la paz que ha estado buscando en todos los lugares equivocados.