Miguel Núñez • 31 agosto, 2017
¿Responde Dios las oraciones de quienes no le conocen? La pregunta no tiene una respuesta tan sencilla como podría parecer, y entenderla bien requiere mirar de cerca lo que la Biblia enseña sobre quién puede acercarse a Dios y en qué base lo hace.
La razón más profunda por la que los creyentes pueden orar con confianza no es su propia bondad ni su disciplina espiritual, sino los méritos de Cristo contados a su favor. Cuando un hijo de Dios ora en el nombre de Cristo, está diciendo en esencia: "Señor, no te pido porque haya algo bueno en mí, sino porque Cristo tomó mi lugar, cumplió la ley, murió por mis pecados y resucitó." El incrédulo, en cambio, no tiene ese acceso. No puede llamar a Dios "Padre" porque Juan 1 deja claro que solo quienes han recibido a Cristo reciben el derecho de ser llamados hijos de Dios. Tampoco tiene un abogado delante del Padre, como señala Juan en su primera carta. Acercarse al trono de la gracia con confianza, como enseña Hebreos, es un privilegio que nace de estar en Cristo.
Sin embargo, hay una oración que el pastor Miguel Núñez considera que Dios puede escuchar del incrédulo: la que nace del reconocimiento honesto de su propia condición. "Señor, dame arrepentimiento. Revélate a mi vida. Quiero conocerte." Esa es la oración que el pastor Núñez recomienda incluso cuando alguien le pregunta qué hacer sin ser creyente: pedirle a Dios que se revele, que conceda fe, que obre lo que el corazón no puede producir por sí solo. Es, en última instancia, la única oración que le corresponde hacer al que aún no conoce a Cristo.