Miguel Núñez • 27 abril, 2018
La diferencia entre un creyente y un no creyente no es simplemente una cuestión de esfuerzo moral o de mejores decisiones: es una diferencia de naturaleza. Cuando una persona pone su fe en Cristo y nace de nuevo, el Espíritu de Dios viene a morar en ella, y esa presencia transforma lo que esa persona es por dentro. Por eso la pregunta no debería ser si el cristiano debería vivir diferente, sino reconocer que el cristiano es diferente. Los frutos distintos no son el resultado de un esfuerzo mayor, sino la expresión natural de una naturaleza nueva.
Para ilustrarlo, el pastor Miguel Núñez recuerda algo que vio de niño: su padre injertaba rosas. Las plantas macho no producían flores; pero al introducirles un tallo de la planta hembra, su naturaleza cambiaba, y meses después comenzaban a florecer de manera natural, sin ningún esfuerzo propio. Así ocurre con el creyente: el Espíritu Santo produce el cambio desde adentro, y los frutos brotan porque eso es lo que esa persona ahora es.
Cuando un cristiano vive de manera indistinguible al mundo incrédulo, no está simplemente fallando en su conducta, está negando lo que realmente es. Es una forma de hipocresía que empaña el nombre de Dios y provoca que quienes lo rodean lo critiquen, incluso el mundo secular, que sabe perfectamente que ese estilo de vida no le corresponde a alguien que dice seguir a Cristo.
La vida transformada no es una exigencia externa impuesta al creyente; es la consecuencia inevitable de llevar adentro una naturaleza nueva.