Miguel Núñez • 2 noviembre, 2017
La pregunta es provocadora pero legítima: si la Reforma recuperó el evangelio, ¿significa eso que el evangelio estuvo perdido durante siglos? La respuesta es que no. Dios siempre ha preservado un remanente de creyentes verdaderos, incluso en los periodos más oscuros de la historia de la iglesia. Aunque los diez siglos entre Agustín y la Reforma representaron una época de profundo oscurecimiento espiritual, eso no significa que la luz se apagó por completo.
Agustín, en el siglo V, sostuvo con claridad la doctrina de la salvación por gracia. Luego, alrededor del año 1170, Pedro Valdo —un hombre adinerado que vendió todo lo que tenía para servir a los pobres— fundó en Lyon el movimiento de los valdenses, con doctrinas sorprendentemente similares a las de los reformadores, tres siglos antes de que Lutero clavara sus tesis. En el siglo XIV, John Wycliffe en Inglaterra luchó por poner la Biblia en manos del pueblo en su propio idioma, y fue condenado como hereje incluso después de muerto: su cuerpo fue desenterrado, quemado y sus cenizas arrojadas al río. Jan Hus, en Bohemia, siguió sus pasos un siglo antes de Lutero y también pagó con su vida. Savonarola, desde Milán, denunció la inmoralidad de la iglesia durante siete años. Todos ellos, aunque formados dentro del catolicismo, resistieron sus errores.
El evangelio no desapareció en esos siglos. A veces se refugió en monasterios fieles, en escritos devocionales, en figuras menos conocidas que entendieron la Palabra y creyeron en ella. Dios es fiel, y siempre se ha guardado un remanente, sin importar cuán profunda sea la oscuridad que rodee a su pueblo.