Miguel Núñez • 20 octubre, 2017
La Reforma protestante transformó Europa en el siglo XVI, pero sus raíces nunca llegaron a echar fruto en Latinoamérica. Entender por qué requiere mirar con honestidad tanto la historia como la teología, porque detrás de esta realidad hay fuerzas concretas que moldearon el cristianismo que hoy conocemos en esta región.
El primer factor fue político y religioso: Latinoamérica fue conquistada por España y Portugal, imperios profundamente católicos que trajeron consigo la Inquisición. Esa Inquisición no desapareció con la Reforma europea, sino que continuó operando en el continente hasta 1820, con sedes en México, Perú y la Gran Colombia. Su función era clara: sofocar cualquier voz que desafiara la hegemonía de Roma. Un ejemplo concreto lo ilustra bien: Juan Calvino envió alrededor de catorce misioneros a Brasil, pero la misión fracasó. Uno de ellos cayó en inmoralidad con los nativos, y los demás enfrentaron una persecución que los obligó a regresar.
El segundo factor fue teológico. Cuando finalmente llegaron misioneros protestantes a Latinoamérica, no venían del primer gran avivamiento estadounidense —el de George Whitefield y Jonathan Edwards, anclado en la teología reformada y las doctrinas de la gracia— sino del segundo, influenciado por Charles Finney y una teología de corte arminiano. Así, el evangelio que recibimos fue genuinamente evangélico, pero no reformado.
Sin embargo, el panorama está cambiando. En los últimos diez años ha surgido una generación joven que está redescubriendo esta teología, la que nace del corazón mismo de la Palabra de Dios, y eso es motivo de entusiasmo y esperanza.