Miguel Núñez • 11 agosto, 2017
La infalibilidad y la inerrancia de la Biblia son dos palabras que durante siglos apuntaron a lo mismo: que las Escrituras no contienen errores. Sin embargo, a partir de la década de 1960, ciertos críticos comenzaron a separarlas, aceptando que la Biblia podía equivocarse en datos históricos o científicos, pero afirmando que aún así era "infalible" en el sentido de que no podía llevarte a perdición. Frente a esa postura, la posición reformada —reafirmada por el Concilio de Inerrancia Bíblica reunido en Chicago en 1978— insiste en que ambas cosas van juntas: la Biblia no engaña y tampoco contiene errores, porque su autor es Dios mismo.
El problema real con aceptar errores en la Biblia no es solo teológico, sino profundamente práctico. Si alguien admite que ciertas porciones están equivocadas, ¿quién decide cuáles? En ese momento, el hombre deja de sentarse bajo la autoridad de las Escrituras y pasa a juzgarlas, convirtiéndose él mismo en la autoridad máxima. El pastor Núñez ilustra esto con una escena misionera: ¿cómo le dices a un nuevo discípulo que crea una Biblia parcialmente errónea, y que son los académicos —que ni siquiera se ponen de acuerdo— quienes determinan qué partes son confiables?
La calidad de los discípulos que una iglesia forma depende directamente de cómo reciben la Palabra. La iglesia de Tesalónica se convirtió en modelo de fe en Macedonia y Acaya precisamente porque recibieron el mensaje no como palabra de hombres, sino como lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios. Recibirla así —creyéndola, viviéndola y proclamándola— es lo que transforma tanto a los creyentes como a las iglesias.