Miguel Núñez • 6 septiembre, 2017
Descuidar la salvación no es un asunto menor. Hebreos 2:2-3 plantea una pregunta que incomoda: si en el Antiguo Testamento Dios castigó toda transgresión y desobediencia bajo un pacto que tenía menos bendiciones, ¿cómo pensamos que bajo el nuevo pacto, sellado con la sangre de Cristo, podemos pecar con liberalidad sin consecuencias? Esa es la tensión que este pasaje coloca delante del creyente.
El pastor Núñez es claro en señalar que el texto no habla de pérdida de salvación. Lo que el autor de Hebreos está enfatizando es la disciplina que Dios ejerce sobre sus hijos cuando estos viven en desobediencia. Hebreos 12 lo confirma: esa disciplina no es un castigo arbitrario, sino una expresión del amor de Dios que busca corregir el curso de la vida del creyente, y a veces también servir de escarmiento para otros. En esa misma línea, Mateo 18 describe el proceso de disciplina dentro de la iglesia: la reprensión personal, la confrontación con testigos, y si es necesario, la intervención de la congregación entera.
Lo que hace este pasaje especialmente poderoso es su lógica comparativa. Si quienes estaban bajo el pacto mosaico no escaparon la mano disciplinaria de Dios, mucho menos escapará quien vive bajo un pacto más rico, más pleno, más costoso. El Libro de Hebreos presenta a Cristo como superior a Moisés, a Aarón, a los ángeles y al antiguo pacto. Mayor privilegio implica mayor responsabilidad.
Por eso el llamado final no es a angustiarse por la salvación, sino a honrarla. Como Pablo lo dice a los filipenses, ocuparse de la salvación con temor y temblor no significa dudar de ella, sino vivirla con la seriedad y la obediencia que merece lo que Cristo compró en la cruz.