Miguel Núñez • 21 junio, 2018
Nuestra lucha espiritual no ocurre en el plano visible, sino en regiones que escapan completamente a nuestra percepción. Más allá del mundo material existen entidades espirituales que cayeron siguiendo a Satanás y que no están encarceladas, sino activas y en guerra contra los hijos de Dios. Estas fuerzas saben que no pueden enfrentar a Dios directamente, por lo que dirigen su ataque hacia quienes Él ama: buscan hacer caer a creyentes que caminan bien, difamar el nombre de Dios y dañar a su iglesia.
Los métodos que emplean son tan variados que resulta imposible enumerarlos todos, pero el pastor Núñez señala algunos con claridad: una oferta de trabajo que desde el primer día expone al creyente a tentación, la promesa de ingresos que desplaza el foco espiritual, la seducción del sexo opuesto, o una oportunidad ministerial aparentemente mejor que distrae al siervo de su llamado real. En todos los casos, el patrón es el mismo: distraer al creyente de Dios usando algo que parece bueno, legítimo o incluso superior. Así actuó el enemigo con Adán y Eva, con David al incitarlo a hacer un censo que costó setenta mil vidas, con Pedro al usarlo para desviar a Cristo de su camino hacia Jerusalén, y en el mismo desierto al ofrecer a Jesús los reinos del mundo.
La lucha no se libra solo en lo personal. Sistemas ideológicos como el marxismo y la revolución sexual de nuestros días también han sido promovidos por estas huestes de maldad, infiltrando la mente colectiva con doctrinas que provienen del enemigo. Por eso la respuesta del creyente es traer todo pensamiento cautivo a los pies de Cristo: la batalla es, en su raíz, una batalla por la verdad.