Miguel Núñez • 25 abril, 2017
La exhortación apostólica a no estar "unidos en yugo desigual con los incrédulos" es más amplia de lo que muchos creyentes suponen. Aunque con frecuencia se aplica casi exclusivamente al matrimonio entre un cristiano y un no cristiano, el pastor Núñez señala que Pablo la escribió en un contexto que habla del caminar cristiano en general, no del matrimonio, tema que el apóstol trata en otro lugar completamente distinto. El punto central del pasaje es la facilidad con la que el creyente puede contaminarse cuando cultiva vínculos profundos con quienes no comparten su fe ni sus valores.
Esa advertencia se extiende, por ejemplo, a las asociaciones de negocios. Cuando un creyente y un incrédulo forman una sociedad, sus motivaciones fundamentales ya son distintas desde el inicio: uno busca glorificar a Dios incluso en sus transacciones, mientras el otro opera desde criterios puramente materiales. Aunque es posible que el cristiano influya positivamente, la experiencia muestra que lo más común es lo contrario: el creyente termina cediendo en su integridad por las presiones propias de esa sociedad.
Esto no significa que un cristiano no pueda invertir dinero en un banco o en una empresa que no sea cristiana, pues prácticamente no habría dónde hacerlo. La distinción importante está en la responsabilidad directa: cuando se tiene participación activa en una compañía, se queda atado a las decisiones de ese socio incrédulo.
Detrás de todo esto hay una imagen teológica poderosa: así como Dios sacó a Abraham de su tierra y al pueblo de Egipto para formarles una identidad propia, la iglesia misma lleva en su nombre esa vocación. "Eklesía" significa literalmente "llamados fuera". El creyente ha sido sacado del mundo y llamado a honrar ese llamado en cada área de su vida.