Miguel Núñez • 16 noviembre, 2017
Cuando Jesús dijo que el que persevere hasta el fin será salvo, no estaba abriendo la puerta a la idea de que la salvación puede perderse. Más bien, estaba describiendo algo profundo: la perseverancia no es la condición para obtener la salvación, sino la evidencia de que esa salvación fue real desde el principio.
Judas es el ejemplo más elocuente. Estuvo junto a Jesús, escuchó su enseñanza de primera mano, y aun así se perdió. Pero la misma Escritura lo aclara: él era un diablo desde el principio. No perdió algo que tenía; simplemente nunca lo tuvo. Lo mismo señala el apóstol Juan en su primera carta cuando habla de aquellos que salieron de la comunidad cristiana: partieron precisamente para dejar en evidencia que nunca habían pertenecido a ella de verdad. La no perseverancia no es una caída desde la gracia, sino una revelación de que la raíz nunca estuvo allí.
La parábola del sembrador lo ilustra de manera muy concreta. Algunas semillas brotan con aparente vida, pero cuando llega la presión, se secan porque sus raíces eran superficiales. No hubo conversión genuina, solo una experiencia emocional y pasajera. Y las palabras de Jesús en Mateo 7 son aún más directas: a quienes se acerquen en ese día invocando su nombre, él les responderá que jamás los conoció, no que alguna vez los conoció y los olvidó.
La perseverancia, entonces, no es un esfuerzo humano para mantenerse salvo, sino la marca visible de una salvación verdadera y completa.