Miguel Núñez • 3 octubre, 2017
La separación conyugal como estrategia para sanar un matrimonio en crisis no es, en términos generales, una solución recomendable. Aunque la pregunta parece razonable —dar espacio para que la pareja respire y se recupere—, la realidad es que la distancia física suele abrir puertas que agravan el problema en lugar de resolverlo. Cuando uno de los dos comienza a sentirse libre, puede surgir el deseo de no regresar, o incluso desarrollarse vínculos emocionales o físicos con terceras personas que antes no existían. El remedio termina siendo peor que la enfermedad.
La única excepción clara que el pastor Miguel Núñez reconoce es la del abuso físico, donde la separación se justifica por el peligro real que corre la vida de uno de los cónyuges. En ese caso, separarse no es rendirse, sino proteger mientras se trabaja el problema de forma paralela. Fuera de esa situación, la consejería y el proceso de restauración funcionan mejor cuando la pareja permanece unida, enfrentando juntos lo que juntos rompieron.
Hay matices importantes, sin embargo. El pastor Núñez menciona el caso de una esposa que ha descubierto la adicción de su esposo a la pornografía: aunque no se recomendaría separación física, sí podría ser válido acordar un espacio emocional dentro del hogar, incluyendo una pausa temporal en la intimidad, mientras ella sana el daño recibido. Cada situación exige discernimiento particular.
Lo que la separación a veces logra, paradójicamente, es ayudar a uno de los dos a darse cuenta de si realmente quiere pagar el precio de restaurar el matrimonio —un precio difícil, pero mucho más valioso que el divorcio.