Miguel Núñez • 9 mayo, 2018
Orar "en el nombre de Jesús" no es una fórmula mágica que garantiza obtener todo lo que se pide. Esa es la confusión que muchos creyentes cargan sin saberlo, y aclararlo cambia por completo la manera en que nos acercamos a Dios en oración.
El fundamento de orar en el nombre de Cristo está en lo que Jesús hizo durante su vida y en su muerte. A lo largo de su vida, Jesús cumplió la ley de Dios a cabalidad, acumulando méritos que pueden ser contados a favor del creyente. En su muerte, derramó su sangre como sustituto, perdonando así los pecados de quienes confían en Él. Ambas realidades —su obediencia activa y su muerte expiatoria— trabajan juntas para la salvación: la vida de Cristo es contada como si fuera la vida del creyente, y su muerte cancela la deuda del pecado.
Desde ese lugar, cuando el creyente ora en el nombre de Jesús, lo que está reconociendo es que por sus propios méritos no tiene ninguna razón para exigir respuesta de parte de Dios. El pastor Núñez lo ilustra con una imagen sencilla: es como llegar a la puerta de un club sin ser socio, pero habiendo sido avalado por alguien con autoridad dentro. No entras por lo que eres tú, sino por quien te respalda.
Así funciona la oración. Nos acercamos a Dios no con fondos propios en nuestra cuenta, sino apoyados completamente en los méritos de Cristo acumulados a nuestro favor. Orar en su nombre es, entonces, un reconocimiento continuo y humilde de que toda nuestra confianza descansa en Él.