Miguel Núñez • 14 septiembre, 2017
Esperar en Dios es una de esas frases que los creyentes usan con frecuencia, pero que pocas veces se detienen a examinar con cuidado. Aunque la Biblia no ofrece una definición explícita, sí entrega principios claros desde los cuales entender qué significa verdaderamente esta espera. El libro de Eclesiastés enseña dos verdades que van de la mano: hay un tiempo para cada cosa, y Dios hace todo hermoso en su tiempo. Juntas, estas ideas revelan que actuar fuera del tiempo de Dios —aunque sea con buenas intenciones— puede traer fracasos, consecuencias dolorosas y conflictos que se habrían evitado con paciencia y confianza.
Pero esperar en Dios no es sinónimo de cruzarse de brazos. El pastor Núñez ilustra esto con tres situaciones cotidianas: el enfermo que recibe su quimioterapia y luego descansa confiando en la providencia divina; el desempleado que envía su currículo, se entrevista y luego aguarda en paz; y el soltero que se mueve dentro de un círculo sano de personas y espera que Dios orqueste las circunstancias. En cada caso, la espera genuina viene después de haber cumplido con la responsabilidad que corresponde. Es confianza activa, no pasividad disfrazada de espiritualidad.
Aquí está el peligro que conviene nombrar con honestidad: hay quienes usan la expresión "estoy esperando en el Señor" para encubrir pereza o irresponsabilidad. Suena espiritual, pero en realidad es evasión. La verdadera espera en Dios nace de haber hecho lo que humanamente nos toca, y desde ahí soltar el control, confiando en que el resto pertenece a la providencia de Dios.