Miguel Núñez • 27 julio, 2018
Hay personas que durante años forman parte de una iglesia, cantan, adoran, se bautizan y parecen completamente comprometidas con la fe, pero que en realidad nunca fueron verdaderamente convertidas. Eso es lo que Juan señala en 1 Juan 2 cuando describe a quienes "salieron de nosotros, pero no eran de nosotros": su salida no fue un accidente ni una crisis pasajera, sino la manifestación de algo que siempre estuvo ausente.
La figura más clara de este fenómeno es Judas. Estuvo presente en la última cena, recibió el lavamiento de pies, fue enviado junto con los demás discípulos, y probablemente participó de los mismos milagros que el resto. Era tan indistinguible del grupo que cuando Jesús anunció que uno lo traicionaría, nadie sospechó de él. Todos se preguntaron si podían ser ellos mismos. Y sin embargo, Judas nunca fue de ellos: era, desde el principio, el hijo de perdición.
Este mismo grupo aparece en Hebreos 6, donde el autor describe a personas que fueron iluminadas, que probaron del don celestial, que participaron del Espíritu Santo y que escucharon la buena palabra de Dios, y que aun así cayeron. Para ellos, dice el texto, ya no hay posibilidad de arrepentimiento, porque todo lo que pudo haber obrado en su corazón ya fue presentado y rechazado.
El pastor Núñez concluye con una advertencia sobria: en cualquier iglesia, incluso en la suya, hay personas que asisten fielmente cada semana y que sin embargo no son creyentes. No importa el tamaño de la congregación. El mismo Cristo tuvo un Judas entre doce.