Miguel Núñez • 15 mayo, 2017
El ser humano no puede hacer nada para ganar ni para perder su salvación. Esta es la respuesta clara que ofrece la Escritura, y entenderla bien cambia la forma en que el creyente se relaciona con Dios y con su propia vida espiritual. La salvación es un regalo, no una transacción. Efesios 2:8-9 lo afirma sin rodeos: es por gracia, mediante la fe, y no por obras, para que nadie tenga de qué gloriarse. Así como un regalo no se negocia ni se merece, la salvación simplemente se recibe con las manos abiertas.
La razón más profunda por la que las obras no pueden salvar es que todas las nuestras están manchadas de pecado. Ningún pensamiento, ninguna intención, ningún acto ha sido completamente puro de nuestra parte. Y si Dios nos pidiera vivir el resto de la vida conforme a diez reglas que nosotros mismos escribiéramos, terminaríamos condenados por ellas, porque ni siquiera somos capaces de cumplir nuestras propias normas. Solo Cristo ha vivido con obediencia perfecta y consistente desde el principio hasta el fin. Él cumplió lo que la ley exigía y se ofreció en la cruz como sacrificio sin mancha en nuestro lugar, logrando así que el creyente sea declarado justo, no por lo que es en sí mismo, sino por lo que Cristo obró a su favor.
Y si no hay nada que el hombre pueda hacer para ganarla, tampoco hay nada que pueda hacer para perderla. Filipenses 1:6, Juan 10:27-30 y Romanos 8 lo confirman: la seguridad del creyente no descansa en su propia fidelidad, sino en la fidelidad de Dios. El pastor Núñez aclara que esto no es una licencia para vivir sin freno; quien piensa así sencillamente no ha sido convertido. El Espíritu que mora en el creyente produce en él nuevos deseos, nuevos frutos y un amor creciente hacia Dios que lo aleja del pecado de manera natural.