Miguel Núñez • 22 noviembre, 2017
Sí, el Espíritu Santo puede morar en una persona y aun así esa persona seguir siendo perezosa para orar, leer la Biblia y alabar a Dios. Esta es la tensión que abre la enseñanza, y la respuesta es tan honesta como incómoda: no debiera ser así, pero es una realidad en la vida de muchos creyentes.
La explicación tiene raíz en la condición humana. Al nacer de nuevo, el creyente no pierde de inmediato su naturaleza caída. Los puritanos lo llamaban pecados remanentes o residuales, y permanecen porque el cuerpo aún no ha sido glorificado. Pablo lo describe en Gálatas 5.17: los deseos de la carne se oponen a los deseos del Espíritu, y esa tensión impide que hagamos lo que en verdad queremos. Quiero orar, quiero leer la Palabra, pero la carne se resiste. De eso trata precisamente la vida de santificación.
El pastor Núñez señala algo que vale la pena detenerse a considerar: cuando hablamos de alimentar la carne, no nos referimos solo a pecados evidentes como el alcohol o la inmoralidad. Todo lo que el mundo ofrece alimenta la carne. Ir a la playa, por ejemplo, lo disfruta la carne, no el alma. El alma solo es alimentada por Dios. Cuando la carne recibe más atención que el espíritu, el resultado es una vida cristiana tibia y sin apetito espiritual.
Con todo, hay consecuencias reales para quien vive así. No se pierde la salvación, pero sí se frena el crecimiento, se cometen más tropiezos y se cosechan frutos amargos. El llamado es claro: no resistir la obra transformadora del Espíritu, que habita en el creyente precisamente para cambiarlo.