Miguel Núñez • 4 mayo, 2018
Proverbios 16.9 encierra una verdad que puede sonar simple a primera vista, pero que tiene implicaciones profundas para la vida cotidiana: el hombre planea, pero es Dios quien dirige sus pasos. No se trata de que Dios interrumpa o frustre los planes humanos de manera arbitraria, sino de que su soberanía obra a través de las circunstancias, las relaciones y los deseos del corazón, sin necesidad de forzar la voluntad de nadie.
Para ilustrarlo, el pastor Núñez propone dos escenas sencillas pero elocuentes. En la primera, un niño planea con detalle la ropa que usará para salir al parque, pero su mamá redirige esa decisión sin quitarle la salida. El niño quería ir, y fue, pero no como él había imaginado. En la segunda, un hombre planea plantar una iglesia en Costa Rica, pero se enamora de una colombiana, se casa, y termina fundando una iglesia en Colombia. Los planes cambiaron, pero Dios no cambió de idea: ese era su plan desde el principio. Lo que pareció un giro inesperado fue, en realidad, el camino que Dios ya había trazado.
El pastor Núñez comparte también su propia historia: salió de Santo Domingo sin intención de regresar, con planes de hacer carrera médica en el mundo académico de Estados Unidos. Quince años después, Dios lo llevó de vuelta a plantar una iglesia en su ciudad natal. Dios no tiene un plan B. Tiene un único plan, y lo cumple llevando al hombre a cambiar de camino, no cambiando Él de mente.