Miguel Núñez • 19 abril, 2018
Mantener una amistad verdaderamente profunda con alguien que no comparte la fe cristiana es, en el mejor de los casos, extremadamente difícil. La razón es sencilla pero poderosa: las amistades genuinas se construyen sobre lo que las personas tienen en común —valores, forma de ver la vida, lo que persiguen, cómo viven moralmente. Cuando esos fundamentos son radicalmente distintos, la relación puede extenderse en el tiempo, pero le será muy difícil alcanzar verdadera profundidad.
El pastor Miguel Núñez ilustra esto con algo que muchos reconocerán: hermanos biológicos que siempre se llevaron bien, y que de repente ven su relación complicarse cuando uno de ellos abraza la fe evangélica. Incluso cuando el otro permanece dentro de una tradición religiosa cercana, como el catolicismo romano, comienzan a surgir tensiones. La solución que muchos adoptan —simplemente acordar no hablar de ciertos temas— revela el problema en sí mismo: una amistad en la que hay zonas vedadas difícilmente puede llamarse profunda.
Hay, sin embargo, un matiz importante. Entre personas de religiones no exclusivistas —un budista y un hindú, por ejemplo— una amistad profunda podría ser más viable, precisamente porque ninguno de los dos sostiene que su camino es el único verdadero. El hinduismo, de hecho, puede incorporar a Cristo como una figura más dentro de su amplio panteón. Pero cuando entra en escena un cristiano, alguien que cree que la verdad es exclusiva y que Cristo es único, el choque se vuelve inevitable mucho antes de que la amistad pueda echar raíces profundas.