Miguel Núñez • 24 agosto, 2017
Llamar al Papa "Vicario de Cristo" no es un asunto menor de vocabulario eclesiástico: es una afirmación teológica que merece un examen serio desde la Escritura y la historia. La palabra vicario significa sustituto, y la pregunta de fondo es quién, si alguien, ocupa ese lugar junto a nosotros desde que Cristo ascendió al Padre. La respuesta bíblica apunta al Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo precisamente para morar en los creyentes, convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Hablar de un sustituto humano de Cristo ignora por completo lo que Dios ya ha provisto en la tercera persona de la Trinidad.
El argumento católico romano descansa en Mateo 16, donde Cristo le dice a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia." Roma interpreta esa roca como Pedro mismo, y de allí construye toda la cadena: Pedro como primer papa, la iglesia de Roma como su sede, y los papas sucesivos como sus herederos en la función de vicarios de Cristo. Sin embargo, el pastor Núñez señala que la roca a la que Cristo se refería era Él mismo y la confesión que Pedro acababa de hacer —"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"—, no la persona de Pedro como fundamento de la iglesia.
La historia misma pone en evidencia la fragilidad de esta doctrina. Alrededor del año 1400, tres hombres se reclamaban papa simultáneamente desde lugares distintos, contradicíéndose entre sí. Si la infalibilidad y el vicariato de Cristo residían en ese cargo, ¿cuál de los tres lo representaba? La crisis solo se resolvió nombrando a un cuarto papa. Asumir el título de Vicario de Cristo, sin respaldo bíblico y con esa historia detrás, es una afrenta a Dios y a su Palabra. A quinientos años de la Reforma, sola Scriptura sigue siendo la norma: lo que no está en la Palabra no puede afirmarse como revelación divina.