Mucha gente rechaza a Dios argumentando que no puede probarse su existencia. Pero esa manera de formular la pregunta ya parte de un error: Dios no es un experimento de laboratorio. La pregunta correcta es si existe suficiente evidencia para concluir, de manera razonable, que hay un Dios. Y esa evidencia, lejos de escasear, se acumula desde múltiples frentes.
El primero es el argumento cosmológico: si algo existe hoy, algo debió haberlo creado. La propia ciencia ha llegado a reconocer que el universo no es eterno, pues su energía es limitada y un universo eterno ya la habría agotado. El universo es el efecto; Dios es la causa. El segundo es el argumento teleológico, que apunta al diseño extraordinariamente preciso de todo lo creado. El pastor Núñez lo ilustra desde su experiencia como médico: solo la membrana de una célula requiere hasta treinta enzimas distintas trabajando de manera coordinada para formarse. El azar no puede explicar eso. Tampoco puede explicar que la luna tenga exactamente el tamaño y la distancia correctos para estabilizar la inclinación de la Tierra y hacer posibles las estaciones y un clima habitable.
El tercer argumento es el moral: en todas las culturas existe una conciencia de lo que está bien y lo que está mal. Ningún padre en ninguna cultura considera aceptable que violen a su hija. Si el ser humano surgió únicamente de la materia, ¿de dónde vienen la moralidad y la inteligencia? La materia no las puede generar. Solo un ser inteligente y moralmente dotado puede transmitir esas cualidades a sus criaturas. Ese ser es Dios.