Miguel Núñez • 29 mayo, 2017
Dios no está desligado de las catástrofes naturales. Esa es la afirmación central de esta enseñanza: un Dios soberano que declaró que dos pajarillos no caen al suelo sin su consentimiento no puede estar ausente cuando un tsunami arrasa con 250 mil vidas. Él controla, envía o permite lo que ocurre en el mundo creado. Negar eso sería reducir su soberanía a algo decorativo.
Sin embargo, hay una distinción importante que no debe pasarse por alto. No toda catástrofe puede declararse automáticamente como juicio divino. Lo que sí puede afirmarse, a la luz de la Escritura, es que Dios ha usado y usa las catástrofes con una intención clara: hacer que el ser humano regrese a él. El libro de Amós lo ilustra con llamativa precisión: hambrunas, sequías, vientos abrasadores, plagas, destrucción. Cada una de ellas enviada con el mismo propósito, y cada una seguida por la misma respuesta del pueblo: no os habéis vuelto a mí.
Eso revela algo que va más allá de la ira: detrás de cada catástrofe que Dios usa hay también amor. Como lo expresó C. S. Lewis —citado en esta enseñanza— Dios nos susurra al oído en los tiempos de bonanza, pero el dolor es su megáfono para llamarnos de regreso a su presencia.
El ejemplo de las Torres Gemelas lo confirma con sobriedad: tras el 11 de septiembre de 2001, las iglesias en Estados Unidos vivieron una asistencia récord durante tres meses. Luego todo volvió a la normalidad. El hombre escucha el megáfono, se conmueve, y después se olvida. Por eso, la invitación es a no esperar otra catástrofe para volver a Dios.