Miguel Núñez • 10 octubre, 2017
¿Puede llamarse a Dios el autor de los desastres naturales? La pregunta no es sencilla, y la respuesta depende en gran medida de qué entendemos por esa palabra. Si "autor" implica que Dios dirige intencionalmente cada huracán o terremoto hacia una ciudad para destruirla, esa imagen no refleja bien lo que la Biblia y la teología reformada enseñan. Lo que sí es claro es que vivimos en un planeta caído, y esa caída tiene consecuencias físicas reales: las placas tectónicas se mueven de forma irregular, los fenómenos climáticos se desestabilizan, y el mundo natural disfunciona. Los desastres no son arbitrarios ni ajenos a esa realidad.
Dicho esto, Dios no está ausente de esos eventos. Tiene el poder de impedirlos, y cuando no lo hace, al menos los permite. El pastor Miguel Núñez distingue entre una acción activa —cuando Dios provoca algo directamente— y una acción pasiva —cuando simplemente lo deja ocurrir—. Ambas formas de obrar pertenecen a su soberanía, y eso es precisamente lo que afirma la Confesión de Fe de Westminster: desde la eternidad, Dios ha orquestado todo cuanto ha de acontecer, ya sea de manera activa o pasiva.
Para ayudar a entender lo que parece incomprensible, el pastor Núñez propone una imagen cotidiana: una niña que ve cómo le amputan la pierna a su padre, escucha sus gritos, y concluye que el médico es un monstruo. Lo que ella no puede ver es que esa amputación dolorosa era el único camino para salvar su vida. Así ocurre con muchas de las cosas que Dios permite: nos causan dolor, confusión y rechazo, pero escapan a nuestra comprensión limitada.
Esta tensión no es nueva. Generaciones de creyentes la han enfrentado, y pensadores de siglos pasados ya dejaron respuestas que siguen siendo útiles hoy. La humildad frente al misterio de la providencia no es debilidad teológica; es la respuesta más honesta ante un Dios cuya mente nunca podremos comprender del todo.