Miguel Núñez • 13 abril, 2017
Los trastornos mentales generan confusión en muchos creyentes porque, al escuchar la palabra "mente", inmediatamente piensan en el corazón espiritual del ser humano. Desde esa perspectiva, cualquier problema mental parecería ser un asunto exclusivamente espiritual, algo que solo Dios puede tratar y para lo cual la medicina no tendría nada que ofrecer. Pero esa lectura, aunque bienintencionada, no es tan simple como parece.
El cerebro es un órgano, igual que el corazón, la tiroides o el páncreas. Y como cualquier órgano en un cuerpo caído, puede disfuncionar. Cuando el corazón falla, produce arritmias o insuficiencia cardíaca. Cuando el cerebro falla, altera la manera en que una persona procesa los pensamientos, percibe la realidad y regula su comportamiento. La epilepsia del lóbulo temporal es un ejemplo concreto: el paciente no convulsiona visiblemente, pero experimenta alteraciones reales en su conducta. Eso es exactamente lo que ocurre con trastornos como la esquizofrenia o la bipolaridad, condiciones que además pueden tener base genética y que escapan al control voluntario de quien las padece.
El pastor Núñez hace un llamado a no repetir el error histórico de hacer hablar a la Biblia donde ella guarda silencio. La Escritura sí tiene autoridad sobre los asuntos del corazón espiritual, pero no describe ni diagnostica disfunciones cerebrales. Confundir ambas categorías lleva a simplismos que pueden hacer daño real a personas que necesitan ayuda médica. La invitación es a distinguir con honestidad entre lo que pertenece al terreno espiritual y lo que pertenece al terreno médico, sabiendo que el cuerpo redimido solo quedará completamente sano cuando entre en gloria.